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Archive for 7 mayo 2009

 

En octubre pasado fui de nuevo a la India: en Jaipur el palacio aún pertenece al marajá, de vacaciones en Inglaterra, nos comenta el guía: es pomposo y con su voz estridente de barítono cuenta chistes insulsos y enumera las prohibiciones a las que estaremos sujetos, estar siempre cerca de él, mantener en el pecho el distintivo de nuestro grupo, el mío es de color de rosa como la ciudad que hoy visitaremos: recorrer los lugares sin distraerse, atender a sus explicaciones e, invariablemente, reírnos de sus chistes.  Aprovecho una pausa, enfrente del autobús hay una zapatería; me bajo corriendo, romp de inmediato el pacto tácito al que nuestro guía  quiere obligarnos a cumplir; atravieso la calle sin tomar en cuenta que el tráfico circula a la derecha y por tanto corro riesgo de morir aplastada por una motoriksho, entro en la tienda  y en un santiamén y casi sin medírmelas me compro unas babuchas blancas de punta redonda, tachonadas de brillantes, como el cine Alameda de mi infancia, cuyo techo  azul profundo se veía interrumpido por millares de estrellitas. Regreso satisfecha, el guía me mira disgustado;  los pasajeros han recibido sus botellas de agua potable reglamentaria ¿me moriré de sed cuando visitemos el palacio y sus patios asoleados?   Enfrente de nosotros un bello edificio color de rosa: el Hawa Mahal, palacio de los vientos: desde sus 953 ventanas las damas de la corte espiaban lo que pasaba en la ciudad.  

 

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La entrada es de mármol y la guardan lujosos elefantes, pintadas su trompas de pinturas estridentes: se usan como  bestias de carga y símbolo de alcurnia; hacen juego con un lugarteniente ventrudo cuyos bigotes  sobrepasan su rostro, rizados en espiral; su traje es el tradicional del Rajastán: los pantalones bombachos, los zapatos bordados y terminados en punta retorcida, ancho cinturón morado del que pende un alfanje, turbante en rojos y dorados, cuidadosamente enrollado, jubón carmesí decorado con medallas e  insignias, manteniendo su porte marcial, a pesar del enorme volumen de su vientre. Lo rodean siempre varios niños –  ojos negros y  brillantes-, logran retratarse a su lado con sus madres y hermanas,  mujeres ataviadas con saris de seda teñida de color de siena, cadmio, magenta,  púrpura, amarillo canario, verde nilo, cinabrio, azul.

Pasamos a su lado con cierta indiferencia y entramos al palacio, la puerta principal es de bronce, obviamente muy pesada; al cerrarse sus hojas reproducen el rugido de un tigre-  animales ahora casi en extinción en la India-, al abrirlas barritan los elefantes. De inmediato,  mis compañeros de viaje empiezan a sacar fotos, sus cámaras son digitales, último modelo, es inútil enfocar lo que habrá de retenerse con un solo ojo, como se solía hacer con las cámaras normales, dato importante si se quiere mantener el rostro sin las inevitables  arrugas que marcaban el lado superior derecho de la cara de los fotógrafos profesionales o amateurs,  tampoco existe el peligro de que los rollos se velen y se han eliminado por completo  los preparativos químicos laboriosos, por ejemplo, los que desplegaba el viajero y fotógrafo francés Isidore Charnay cuando visitaba los sitios arqueológicos de Yucatán en el siglo XIX.

El palacio es enorme, numerosos patios y edificios con extensos salones y cúpulas labradas en estuco; las paredes pintadas de rosa con espejitos incrustados, como mis babuchas blancas – aunque aquí cambie el color-, no en balde a Jaipur la llaman la ciudad rosa,  nombre que le fuera impuesto cuando en 1876, en ocasión de la visita del Príncipe de Gales, el marajá en turno ordenó que toda la ciudad fuese pintada de ese color, incluyendo la muralla, dándole así el aire romántico de un cuento de hadas, hasta ahora vigente para seducir a los turistas; sus muros interiores semejan un inmenso tapiz parecido a los que luego compraremos en los almacenes situados en las ruidosas calles de la ciudad, hacia donde y sin compasión nos conducirán invariablemente nuestros guías. 

 

 

En la India

 

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1.- Para la autora la casa y el cuerpo son una y la misma cosa. Hay que acercarse a ella como si se tratase de una envoltura,  como una matriz donde se engendra lo más querido y lo más íntimo.

2.- Bello libro de Mónica Mansour: hermosas e inquietantes fotografías de Patricia Lagarde, pinturas y collages de Arturo Hinojos y José Antonio Hernández, publicada con esmero por Artes de México en colaboración con Conaculta.

casa del arquitecto Barragán

3.- Se inscriben varias ideas que sobre la construcción han emitido famosos arquitectos; hace suyas las palabras de Curzio Malaparte: “Quisiera construir para mí y enteramente con mis manos, piedra por piedra, ladrillo por ladrillo, una ciudad como yo. Me haría arquitecto, albañil, peón, carpintero, yesero, haría todos los oficios, para que la ciudad fuese mía, verdaderamente mía… Una ciudad que se me pareciera, que fuese mi retrato y al mismo tiempo mi biografía”   

4.- La casa es una ciudad pequeña, así como la ciudad es una casa grande, explica Mónica, pidiéndole prestadas sus palabras a Alberti, el gran arquitecto italiano del siglo XV, quizá el principal inspirador de este texto, además, claro, de la propia labor artesanal que Mónica Mansour ha desarrollado en ésta su profesión adquirida, en la que es autodidacta: estudió matemáticas,  se destacó en  la semiótica, además de escribir novelas, cuentos, poemas y ensayos; luego, y por esas vueltas de la vida que todos conocemos, se ha dedicado a la traducción y a la construcción.

5.- La casa se concibe como un rompecabezas, se arma lentamente y sus piezas parecen no concordar nunca, objetos inexplicables, inútiles, aislados; sólo cuando empiezan a juntarse con paciencia, mucha paciencia, se integran como un todo armónico.

6.- Una casa debe armonizar con su ciudad, inscribirse en una tradición; como el cuerpo la casa tiene memoria, una memoria histórica.

7.- El vicio de Mónica es semejante al del personaje de La vida, instrucciones de uso de Georges Perec: pintar paisajes, mandarlos reproducir en madera coloreada y fragmentarlos en piezas para convertirlos en rompecabezas y una vez armados hacerlos desaparecer o volverlos a cortar en fragmentos dispersos totalmente distintos de los que tuvo la primera vez.

+ Casa mexicana ideal y moderna:  Arquitecto Barragán

8.-Sólo podrá vivirse serenamente en una casa si hay una coherencia constructiva, las asimetrías no pensadas, aparecidas por casualidad o por deficiencias de quien hace los planos o de quien construye siguiendo esos planos ocasiona una disonancia, un malestar.

9.- ¿No le sucedió eso a Mónica quien tuvo que comprarse otra casa y reconstruirla porque aquélla en la que vivió muchos años con gran felicidad se convirtió de repente en su enemiga, una casa habitada por fantasmas o por radiaciones o refracciones  de of all things! la telefonía celular. Una casa arruinada por la más alta tecnología,  una antena que emite radiaciones dañinas: enferman, desequilibran, producen náuseas, lo obligan a uno a abandonarla, como esos objetos o seres intangibles que destierran a los habitantes de la casa tomada que construyó Cortázar. Cortázar hizo el cuento y muchos años después Mónica sufrió las consecuencias.

10.-Y, obviamente no es fácil. Aquí leemos sus peripecias, sus trabajos para encontrar y negociar un terreno, la mala fe de los vendedores, los problemas de intestados o de documentos incompletos,  la lidia con los delegados, subdelegados, ingenieros, empleadas y empleados, la rabia al verificar por ene vez la falta de transparencia y de de agilidad administrativas sin importar qué partido se encuentre en el poder; no dar mordidas y perder por ello infinitamente el tiempo como consecuencia; comprar materiales, dejarse estafar o pelear para no dejarse; tratar de conseguir buenos albañiles y no encontrarlos, y antes un buen maestro de obras, especie en desaparición y, como en el cuento, armar una casa es cosa de nunca acabar. Pero, me contradigo, este libro es la prueba de que una casa puede estar bien construida, aunque sea hecha en México.

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