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Archive for the ‘Viajes’ Category

En la pinacoteca de París, Maurice Utrillo: boca excesiva, roja, bigote superpoblado, ojos inteligentes, cejas negras, retrato pintado por su madre, Suzanne Valadon, quien junto a su hijo ocupa los muros de las salas de este museo, recientemente abierto y situado cerca de la iglesia de La Madelène.

Ella, hija de una lavandera, nace en 1865 en la provincia y llega a París a los 5 años, en el momento en que los revolucionarios de la Comuna hacen su irrupción en la Ciudad Luz. Desfachatada y bella, recorre el barrio de Montmartre e inicia su carrera como aprendiz de trapecista en un circo; una mala caída cambia su profesión: se desnuda para volverse modelo en el taller de Puvis de Chavanne quien la convierte en su musa y en su amante. Es luego Renoir quien la pinta; después, Toulouse-Lautrec. Con Degas empieza a dibujar y a pintar, imitándolo.  En 1889 da a luz a su hijo Maurice, fruto de una relación clandestina y sin importancia: niño enclenque, colérico, malnutrido y descuidado. El músico Eric Satie enamora a Suzanne; ésta lo desaira para casarse en 1896 con Paul Mousis, empleado de banco.    

Maurice vive con su abuela y desde muy joven aprende a pintar, siguiendo el modelo del Impresionismo: Pisarro, Monet, Renoir… En 1904 encuentra a un joven artista, compañero de farra de Modigliani, André Utter,  con quien se emborracha y pinta. Lo presenta a su madre quien se enamora perdidamente de él, lo utiliza como modelo para un Adán y lo convierte en su amante.

Maurice abandona el estilo impresionista y empieza a pintar la campiña de Montmagny y las calles desoladas y perfectas de Montmartre; cambia sus pinturas por alcohol, entra a menudo en la cárcel por rijoso y al hospital por el exceso de bebida. Suzanne y Utter lo  explotan y le proporcionan materia prima para que pinte y venda sus cuadros y los mantenga.

desnudo por Valladon

desnudo por Valladon

La pintura de Suzanne es siempre carnal y corpórea; a menudo pinta mujeres desnudas, de pie, en interiores rojos y amarillos, con sillones, floreros y fragmentos de lienzo que contrastan con los cuerpos, subrayando la composición; también naturalezas muertas y paisajes.  Nunca se adhirió a las corrientes artísticas de su momento, aunque se acerca en ocasiones al fauvismo.  Utrillo, por su parte,  permanecerá indiferente a los movimientos pictóricos contemporáneos, como el cubismo o el surrealismo.  

En la exposición, los cuadros de la madre y los del hijo se exhiben frente a frente: los de él, muestran edificios y calles de colores fríos, blancos, grises,  a veces interrumpidos por el rojo, el azul, el naranja , el verde o el ocre brillantes de una fachada o  por las letras coloreadas de un anuncio; es casi siempre invierno y las calles están solitarias: se trata indudablemente de la pintura de un melancólico. Suele representar, por ejemplo en la calle Muller de Montmartre- el Monte de Marte-, a algunas figuras humanas; su apariencia  tan estática como la de las lámparas que marcan los descansos de las escaleras e iluminan las placitas verdes al lado de un edificio, cuyas ventanas van subiendo para rellenar todo el espacio recorrido desde su inicio en la calle con que comienza el cuadro, hasta coincidir con el barandal que corona su penúltimo piso, justo en la calle de encima; la construcción alcanza las chimeneas de los edificios aledaños, encaramándose por la montaña pavimentada, por donde circula un automóvil casi inmóvil en medio de la calle.

París, calle de Utrillo en la noche.

Sus pinturas contrastan fuertemente  con las de su madre, cuyas telas son de gran fuerza y sensualidad, característica de la que obviamente las telas de Utrillo carecen. Si no me diese miedo caer en el psicoanálisis de banqueta diría que la madre se ha tragado al hijo. Puede verificarse este dato en los paisajes que comparten, en los de él las ramas de los árboles están casi secas, en las de ella, florecen  Al final de su vida, la pintura de Maurice declina; la de Suzanne revive: su vitalidad es feroz. Los visitantes a la exposición son casi todos jubilados.

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Llego a  Auckland, la ciudad más cosmopolita de Nueva Zelandia,  después de un viaje de 24 horas, escala en Los Ángeles: la pesadilla,  ¿ya asimilada?,  de los viajeros: pasar por los controles, quitarse los zapatos, los cinturones –para escuchar de inmediato en el avión la orden de abrocharlos– los relojes, los collares; ver como examinan  a una frágil señora de 85 años, canosa y bien peinada, traje  rosa, pañuelito en el bolsillo de la solapa, medias antivarices… 

Escribo el lunes 11 de septiembre, cuando en México es aun el domingo 10 (17 horas adelante),  quinto aniversario de la caída de las torres de Manhattan — ¿estamos hoy más seguros que en el 2001, se preguntan en los periódicos de Wellington, la capital? 

Se supone que ya hubiera debido asimilar el desgaste que produce un viaje tan largo, hoy cuando regreso de  la Isla del Sur, llena de bahías, penínsulas, lagos, volcanes, admirable vegetación, ríos, un viento tremendo, ballenas y focas, y, a lo largo del camino, lujosos bed and breakfast como antes en Inglaterra, cuando la visité durante la década de los cincuenta. Ahora, como en la Madre Patria– los billetes (el dólar vale 75 centavos americanos) y las monedas ostentan todavía la efigie de su Majestad Isabel II, aun  joven y bella– la vida es muy, muy cara, en este país de 4 millones de habitantes, poblado por ingleses, irlandeses, escoceses y maories: Coyoacán tiene 3 millones y medio.

 

Wellington es una ciudad muy linda,  tranquila, con un centro pequeñito, edificios altos y una muy hermosa bahía, desde donde se admira el estrecho de Cook, marino ingles que ‘descubrió’ estas islas y decidió convertirlas en dominio de Inglaterra. Hay un jardín botánico inmenso, lleno de flores y varias plantas raras para nosotros, orquídeas de todos tipos y begonias. En un santuario viven los pájaros en libertad donde se van reproduciendo para evitar que se extingan; como algunas especies, por ejemplo el pájaro kiwi , no confundir con la fruta que proviene de China o de Chile, me explica Eric, un maori muy blanco, alto y rubio que juega rugby, el deporte nacional,  y habla como vecino de Soho en Londres.

 

Los pájaros tienen formas y  nombres maravillosos: ruru, keraru, tui, kaka, kaua, hihi, pokoki, kiwi, como llaman a los originarios de aquí, los kiwis, Kiwilandia. Algunas aves tienen el  pecho rojo; otros son pequeños, negros, veloces, cantan todo el día,  y con mechones blancos en el cuello, los tuis, o curas; los hay con los picos alargados, enormes, repito, los kiwis , casi extintos, gordos, pesados, no vuelan y tienen el pico enorme, ganchudo, con el que escarban en la tierra o en las cortezas de los árboles porque se alimentan de gusanos; otros poseen unos picos redondos y grandes y se arrastran; otros saltan y muchos mas, como debe de ser, vuelan. El santuario de pájaros es inmenso, con lagos,  presas, miles de helechos y la espiral con que se inician sus hojas se llama kori, símbolo del país, tallado en una piedra verde semejante al jade y antes en huesos de ballena:  los veo exhibidos en el museo Te Papa,  también los maraes – se pronuncia marais, como el escritor húngaro: son graneros- tumbas- santuarios, con esculturas de madera de sus antepasados, decorados sus ojos con la concha del abulon. 

 

La calle donde vivo se llama Karuri, un antiguo pueblo maori y la casa en que me alojo albergo alguna vez a la mas grande escritora de Nueva Zelandia, Katherine Mansfield, muerta prematuramente de tuberculosis en Francia, muerte dramática, pues en su ultimo día de vida, su esposo, John Middleton Murry llego a visitarla desde Inglaterra, la encontró, escribe,  ‘muy pálida pero radiante’, de pronto, un acceso de tos y una hemorragia y un minuto después estaba muerta.  Mucho se culpa a su marido de haber divulgado toda la obra, los diarios y las cartas de su mujer para hacer dinero;  pero ella le dejo un testamento donde le pide que hiciera lo que pensara correcto con sus papeles. ¿Malvado o simplemente previsor? 

 

Este país, llamado en maori Aiteroa, ‘el país de la larga nube blanca’, fue ‘descubierto’ primero por Abel Tasman, holandés, por quien fue nombrada luego la isla llamada Tasmania y un parque nacional en la Isla del Sur. De los pantanos y bosques que había antes de 1830 queda solamente el 10%, vuelve a contarme Eric, y añade: esas tierras se llamaban wet lands, los ingleses pensaron que eran waste lands y las secaron para llenarlas de borregos. de vacas y de toros.

 

También quisieron extinguir a las ballenas. 

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